Una empresa de transportes india llamada L’Hospitalet

A nadie se le escapa que cada vez hay más gente en las ciudades y menos en los entornos rurales. Atrás quedaron los tiempos en los que el éxodo rural era noticiable. El ser humano ha pasado en poco tiempo de despertarse con el canto del gallo y tener en su horizonte campos y colinas a hacerlo con el zumbido de un despertador y estar rodeado de edificios y luces de neón. El quid de la cuestión es el cómo se gestiona este nuevo mapa poblacional cada vez más desigual en los países de todo el mundo, con pueblos en peligro de extinción y ciudades cada vez más abarrotadas.

Cifras que roban el aliento

Actualmente el 55% de la población mundial vive en las casi 2.000.000 de ciudades que existen en el mundo (1.961.969 para se exactos) y para el 2050 esta cifra se verá incrementada hasta el 70%.

Pero en todo asentamiento humano que se precie, un dato esencial a tener en cuenta, es el número de personas viven por kilómetro cuadrado. Porque no es lo mismo vivir en la estepa rusa practicando la trashumancia que hacerlo en Tokio como trabajador del metro empujando pasajeros en hora punta. Hablamos pues, de la densidad de población.

L’Hospitalet de Llobregat con sus 20 753,95 hab./km² (censados, claro) ocupa la posición número 34 del mundo en términos de densidad de población.

Sí, no te frotes los ojos, has leído bien: del mundo. Por delante de las otras 1.961.935 restantes.

En Europa, donde se supone que el desarrollo llegó ya hace varias décadas, esa posición pasa a ser la primera, dudoso honor que en los últimos años se disputa año sí, año también con París, ciudad con una densidad similar a la hospitalense.

Y a juzgar por la actual tendencia urbanística de la administración, esos números aumentarán sensiblemente en los próximos años.

Pero, ¿qué efectos tiene una alta densidad de población en los habitantes de una ciudad?

Sin ahondar demasiado en obviedades ya que suponemos al lector que hasta aquí ha llegado ciudadano inquieto por los problemas que acucian hoy a la ciudad moderna, enumeraremos someramente algunos de los más evidentes:

  • En el transporte público, y especialmente en las horas punta, el vagón o el autobús tiende a ir abarrotado de gente en vagones con profundo olor a humanidad. Si lo tuyo es moverte en transporte privado, solamente desearte suerte si no tienes plaza de parking. Otra opción es comprar una moto o hacerte youtuber y trabajar desde casa.
  • En el mundo laboral: si pensabas que ese puesto de reponedor en el mercadona era tuyo porque acabas de sacarte el ciclo superior de comercio, olvídalo, delante tuyo hay dos licenciados en derecho internacional, tres en márqueting y dos arquitectos: a más población, más competencia.
  • En el doctor: si tu urticaria se ha agravado desde que te tienes que levantar una hora antes para poder incorporarte a la ronda del litoral (cada vez hay más coches) o desde que necesitas 45′ para encontrar aparcamiento a la vuelta y necesitas que te mire el especialista, no te preocupes, hay un hueco para ti dentro de tres meses. La lista de espera: cada vez más larga.
  • En la educaciónNo quieres dejarle todos los días los niños a tus padres, son súper abuelos, pero no quieres abusar, ya es hora de matricularlos en la guardería… ¡Vaya! Tu número de lista era el 300 y solamente entran los 275 primeros… Sigue intentándolo
  • Por no mencionar la mayor emisión de CO2 (en pleno Agosto el aire acondicionado es innegociable para muchos), la generación de residuos o el mayor riesgo de criminalidad y marginalidad (ojo, que no tiene porqué, pero no hace falta ser doctor en matemáticas para saber que a más población, más probabilidad)

Además, hemos de sumar a los anteriormente citados (aunque suene a hipocondría), los efectos psicológicos.

Los trastornos mentales, desgraciadamente nueva epidemia del s.XXI, son mucho más probables en entornos de densidades poblacionales altas y abarrotados de edificios que en entornos de baja densidad con amplios espacios.

Algunos ejemplos son la ansiedad generada por el estrés de la multitud, la depresión consecuente de sentirse poco significante en una masa alienada, la esquizofrenia o los trastornos por déficit de atención.

La pregunta que me asalta mientras me rasco el colodrillo con aire de parvulario inocente, es:

¿En qué beneficia a la administración tener a la población hacinada en poco espacio?

¿Por qué un ayuntamiento como el de L’Hospitalet de Llobregat, en lugar de recalificar terrenos para venderlos a la industria de la construcción, no los dedica a descongestionar la ciudad con espacios verdes?

Tan lejos, tan cerca

Un amigo, me explicó una anécdota que le sucedió en un viaje a la India. En un viaje interno por el país, se equivocó y tomó un autobús local en lugar del turístico que tenía previamente contratado. En este vehículo local, no daba crédito al ver como el autobusero hacía subir a más y más viajeros a pesar de que los recién llegados tenían que luchar cada centrímeto cúbico con los que ya había antes, y mientras, iba mojando con saliva la yema de sus dedos para ir haciendo recuento del fajo de billetes que iba aumentando en detrimento del oxígeno del interior del bus.

Consciente de lo contraproducente que era su avaricia para sus pasajeros, el empleado de la empresa de transportes, prefería la cantidad a la calidad. Una vez arrancó, la cantidad de pasajeros era tal, que una rueda reventó y el autobús se estrelló contra una farola que por suerte impidió que el vehículo se precipitara por un barranco. Algunos pasajeros, indignados, se avalanzaron sobre el conductor con intenciones nada dialogantes, mientras que otros, más conciliadores, se interpusieron para ayudarle a huír, por supuesto sin olvidar la recaudación.

Pasa el riempo y a pesar de que el movimiento entre continentes es imperceptible, tengo la sensación de que India y L’Hospitalet estamos cada vez más cerca.

Durán Vilareblida