La rosa mustia de Luxemburgo

El urbanismo actual es un conjunto de disciplinas que tiene como objetivo la organización de la ciudad y del territorio. Este concepto, como tantos otros en nuestra sociedad actual nos viene de la antigua Grecia, en este caso de la mano del arquitecto Hipódamo de Mileto.

Lo que diferenciaba al urbanismo de Hipódamo de civilizaciones anteriores como la egipcia o la mesopotámica, fue la introducción de una ordenación espacial en un plano ortogonal de cuadrícula casi perfecta y la planificación de distribución de los diferentes sectores que ocuparían templos, servicios y ágoras. En los tiempos hegemónicos de Roma, la obra pública implementó la urbanística occidental con obras de ingeniería tales como alcantarillados, acueductos, calzadas… Se había consolidado entonces la urbe como centro de las relaciones humanas.

La ciudad es orgánica y ha sido reflejo de la historia de la humanidad y testigo de sus diferentes venturas y avatares: el retroceso en la edad media, el posterior renacimiento de las ciudades de la mano de la burguesía, la majestuosidad de grandes capitales absolutistas, la segregación por barrios en la revolución industrial o el crecimiento vertiginoso tras la explosión demográfica del s.XX.

A lo largo de la historia, el tejido social en las ciudades ha sido el escenario perfecto donde en las ferias y mercados, artesanos y comerciantes, ofrecían sus mercancías. Algunas de estas producciones habían sido trabajadas en las calles donde se agrupaban los menestrales de un mismo gremio, otras, sin embargo eran traídas por intrépidos marchantes desde el extranjero con su pertinente historia. Ha sido pues la ciudad, en todas sus edades, un marco perfecto de intercambio cultural.

Pero, ¿qué sucede cuando la ciudad deja de ser el escenario donde se producen estas transacciones y pasa a ser la ciudad en sí misma, el producto con el que se negocia?

¿En qué momento la ciudad dejó de ser un mercado para convertirse en mercancía?

Durante la dictadura franquista, a finales de los años 50, el ministro de vivienda José Luís Arrese, entonó el ya famoso “No queremos una España de proletarios, sino de propietarios” toda una declaración de intenciones a tenor de lo que estaba por llegar a un país donde hasta la fecha, la mayoría de sus ciudadanos vivía de alquiler.

Se ponía así en marcha del engranaje de la política liberal del desarrollismo que cumplía la doble función de romper con la autarquía previa del régimen y acercarse manifiestamente a las políticas económicas del bando occidental en plena guerra fría.

Primero vivienda, después urbanismo”

Una frase lapidaria también entonada por el ya nombrado ministro Arrese, ha sido tomada sucesivamente por todos los gobernantes del país casi como un axioma.

La ley de suelo de 1956 del régimen franquista será el germen de la simbiosis entre administración pública y sector privado en el proceso de apropiación del espacio en las ciudades.

En ella, al establecer que ya no será la administración sino esencialmente los propietarios del suelo los que deban costear las obras de urbanización como consecuencias de las plusvalías que consiguen por la transformación de los terrenos, se liberaliza el suelo, fortaleciendo la necesidad de acuerdos económicos entre administración pública y sector privado. Veintidos años más tarde en la constitución del 1978 esta ley continuará prácticamente intacta.

El sector inmobiliario, ya en democracia y gracias a la ley del 56 con escasas modificaciones en el 78, gozará de una aparente buena salud durante la década de los 90, en la que la administración aplicará una política de “dejar hacer” y atribuirá el exponencial encarecimiento del suelo y de la vivienda a la ley de la oferta y la demanda.

Crónica de una crisis anunciada

Si bien el resto del relato es de sobras conocido por todos, es necesario matizar, que hubo una total dejación de funciones por parte de la Administración Pública durante las décadas previas a la catástrofe económica del 2008. Una Administración que a pesar de estar gestionada por el PSOE (en dos diferentes gobiernos), poco o nada hizo para poner freno a una situación que adolecía de hipertrofia desde los años previos a la desgracia y que costó deshaucios y suicidios.

En la actualidad

Asistimos ojipláticos a la repetición de errores demasiado recientes para ser ciertos que se manifiestan constantemente a nuestro alrededor: la subida desproporcionada de alquileres, la deficiencia de vivienda social y la subida constante de los precios mientras los sueldos siguen estancados.

Esto es algo que sorprende no sólo por lo cercano en el tiempo de la crisis de la burbuja inmobiliaria sino porque en ayuntamientos socialistas como el de L’Hospitalet de Llobregat siguen exactamente con la misma política urbanística que se hacía durante el franquismo: “primero vivienda, después urbanismo”.

Una forma de gestión en absoluto socialista, deshonrando la memoria de Rosa Luxemburgo, que en manos del PSOE se adivina cada vez más marchita.

Remedios Salvatierra





2 Respuestas to “La rosa mustia de Luxemburgo

  • La señora Núria Marín debería preocuparse por l@s que vivimos aquí en vez de masificar los barrios más todavía!!

  • Stop Masificación
    5 meses hace

    Así es Sandra pero desgraciadamente el tipo de urbanismo que manda en L’Hospitalet es el de construir sin medida, cosa que se hace sin tener en cuenta la calidad de vida de los vecinos. Pero es algo que los vecinos podemos evitar si nos unimos.

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